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del libro Casi nada
AGUA
Abajo, más al fondo, en celo, recostada, existe el agua. A fuerza de vivir absorto y cabizbajo, la escucho perfilar un recorrido contiguo a los zapatos. En el piso agrietado se dilata, densa y brillante, mudable y obstinada: charcos, hilitos en desliz hacia el drenaje. La gravedad la imanta como un sueño vicioso. Y ella se estira, se contonea obscena, hace una pausa y se dispersa entre los poros minuciosos del polvo y el asfalto: vidriosa, incontenible, sustancia enamorada de un cielo negro. La pesantez y el tumbo la reclaman –y la muy loca delira, como animal en celo se vacía, elude los dictados de la forma. Ama el sol, que la somete a una mudanza eterna, al ciclismo de ser. Y atrás de las paredes se refugia, se acoge a la indulgencia de la sombra, sigue los cauces que promueven su marcha vertical. Pero al girar el grifo vuelve a las andadas: se arroja, se disipa, huye de toda tesis, de la inútil, fugaz definición.
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